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"Que nadie calle tu verdad, Que nadie te ahogue el corazón"

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Este dúo de Manuel Carrasco y Malú ha conseguido tocar mi fibra sensible. ''Que nadie'' es una canción de apoyo moral que reconforta, de esas que a uno le gusta escuchar en los momentos más bajos. Un tema que nos abre los ojos, que nos canta que somos tan válidos como cualquier otro para hacer y decir aquello que nos dicte el corazón.

Es medicina contra la infravaloración. Nos dice ''sí, tú puedes", ''sí, tu vales'' al tiempo que neutraliza los ''qué dirán'' y a los que basan su vida en joder a los demás a base de críticas que más podrían aplicarse a sí mismos. Y es que no hace daño quién quiere, sino quién puede y nadie puede hacer daño a quien se siente feliz consigo mismo, a quien hace, dice y piensa lo que siente. En definitiva, a quien es fiel a sí mismo.




Empezaron los problemas
se engancho a la pena
se aferro a la soledad
ya no mira las estrellas
mira sus ojeras
cansada de pelear.

Olvidandose de todo
busca algun modo
de encontrar su libertad
el cerrojo que le aprieta
le pone cadenas
y nunca descansa en paz
y tu dignidad se a quedado esperando a que vuelvas

Estribillo

Que nadie calle tu verdad
que nadie te ahogue el corazon
que nadie te haga mas llorar
hundiendote en silencio
que nadie te obligue a morir
cortando tu alas al volar
que vuelvan tus ganas de vivir

En el tunel del espanto
todo se hace largo
cuando se iluminara
amarrado a su destino
va sin ser testigo
de tu lento caminar

Tienen hambre sus latidos
pero son sumisos
y suenan a su compas
la alegria traicionera
le cierra la puerta
o se sienta en su sofa
y tu dignidad se a quedado esperando a que vuelva

Estribillo

Que nadie calle tu verdad
que nadie te ahogue el corazon
que nadie te haga mas llorar
mintiendote en silencio
que nadie te obligue a morir
cortando tus alas al volar
que vuelvan tus ganas de vivir

Que nadie calle tu verdad
que nadie te ahogue el corazon
que nadie te haga mas llorar
hundiendote en silencio
que nadie te obligue a morir
cortando tus alas al volar
que vuelvan tus ganas de vivir…


Amistades (Vol.1)

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De entre nuestro círculo social destaca un conjunto de individuos que ladran mucho pero muerden poco. Son esos amigos del ''vez en cuando'' que puede que no lo sepan todo de nosotros, que no hayan estado (ni vayan a estar ahí) en los momentos en que más se les necesitó, pero con los que mantenemos una relación simbiótica (establecida previamente de MUDO acuerdo) en la que ambos salimos beneficiados bien sea con unas horas de compañía en esa absurda huída que llevan a cabo algunos de la soledad y por ende de sí mismos o con una importante mejora de la autopercepción en base a ese falso mito que aplica la cuantía de amigos al ''tanto tienes, tanto vales''.

No nos engañemos, la mayoría de nuestros amigos pertenecen a dicha tipología al igual que nosotros desempeñamos ese rol para otros tantos. Porque los ''amigos de verdad'' están en peligro de extinción, más que nada porque son tan difíciles de hacer como de mantener. Pocas personas están preparadas para tener un ''mejor amigo o amiga'' por la responsabilidad que ello conlleva: estar ahí en todo momento para el otro y evitar decepcionarle a cada rato, lo que no es moco de pavo.

Es por eso que muchas veces hemos escuchado aquello de que, ''pese a que conozco a fulanito de hace 3 semanas, me lo paso mejor con él que con mis amigos de uña y carne''. Y puede que sea cierto, lo que ocurre es que quienes lo afirman poseen un concepto de la amistad completamente erróneo, porque la amistad no es sólo diversión y quiénes únicamente la valoran por ello no buscan amigos, sino compañeros de parranda.

Y ojo, que los compañeros de parranda no tienen nada de malo, son personas geniales con las que llegamos a pasar algunos de nuestros mejores ratos (y que algún día pueden llegar a ser amigos de excepción), solo que habría que ir aclarando a muchos la diferencia radical que existe entre la amistad y el compañerismo: la primera se basa en la confianza y la segunda en la conveniencia que, pese a lo mal vista que está, no es mala siempre y cuando ambas partes la busquen sin engañar al otro disfrazando dicha búsqueda de ''amistad indestructible''. A los que hacen esto, queridos amigos, los odio sobremanera...

"Soy yo, vuelvo a ser yo, porque he aprendido a hacerme compañía"

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Nadie duda a estas alturas que Laura Pausini es una de las cantantes de nuestro tiempo que mejor sabe reflejar el mundo de los sentimientos en sus canciones. El tema que traigo hoy, sin embargo, la aleja de su típica temática amorosa llevándola a profundizar en el complejo universo del yo.

En ''La Geografía de mi Camino", Laura mira hacia sí misma y nos regala una canción cargada de mensajes de principio a fin. Es un canto que más pareciese un dictado vital del que extraemos como principal conclusión que para ser felices en la vida, primero tenemos que serlo con nosotros mismos, valorándonos, aprendiendo de nuestros errores y sin arrepentirnos nunca de ellos, entendiendo que pasar un rato a solas con nuestro ego no es soledad sino un momento tan placentero como cualquier otro.

Y es que al final, por mucho que nos apoyemos en los demás, somos nosotros los que trazamos la ''geografía de nuestro camino", los que tenemos que sacar el coraje para superar los obstáculos que se nos vayan presentando en dicho trayecto, algo imposible si nos dedicamos a minar nuestra autoconfianza día a día y vivimos generalmente por y para los demás.


¿Y de quién será el coraje
ahora si no es el mío?
cada día que amanece un desafío
¿Quién afrontará tomar las decisiones?
más allá de un sueño inmerso en mis canciones
el sonido reconozco
de mi voz y de mi rostro

Y me fío de un pasado
que llene de ingenuidad
de quien va del estupor
hacia otra edad
porque cuando creo verlo poco claro
busco dentro el pensamiento mas sincero
veo en un espejo el cielo
y la geografía de mi camino

Soy yo vuelvo a ser yo
porque he aprendido hacerme compañía
dentro de mí
engañaré a la melancolía
bella como nunca yo me vi jamás
jamás

Codo a codo a mi destino
escrito por las líneas de la mano

El tornado que me tira a un lado soy tan solo yo
tengo la esperanza de que al fin paso
(tengo la esperanza de que al fin paso)
el defecto es la experiencia que aún no hay ahora
pero ya no me disgusta eso no me asusta

Soy yo vuelvo a ser yo
porqué he aprendido hacerme compañía
dentro de mí
repito una blasfemia, una poesía
bella como nunca la escuché
jamás jamás
vista fija al horizonte
al asfalto dejo mi semblante
aaaahhh
¿Qué es sentir la soledad?
¿Que es? ah ah ah
ya quiero decidirlo hoy
soy yo
soy yo
vuelvo a ser yo
para quedarme y ser por siempre mía

Vuelvo a ser yo
Veo en un espejo el cielo y la geografía de mi camino
De mi camino.

Carrera de etiqueta

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¡Cómo nos gusta etiquetar y qué poco nos gusta ser etiquetados! Es inherente a la personalidad humana, vivimos comparándonos unos con otros, buscando resultar superlativos al vecino, al primo o, lo que es peor, al mejor amigo.

Y aunque deberíamos odiarnos por ello, nuestro enorme ego nos lo impide y al final la vida se convierte en una falsa competición de largo recorrido en la que participamos sinuosamente, alagando a los adversarios para clavarles el puñal por la espalda en cuanto menos se lo esperen.

Hipócritas. Somos hipócritas y puede que hasta nos guste serlo. O también puede que no tengamos más remedio, porque sólo una de cada diez veces decimos a alguien lo que pensamos realmente encontrándonos como resultado el rechazo de ese alguien que, por supuesto, no está preparado para oír y aceptar lo que otros puedan pensar de él.

En este sentido, no nos fiemos de los consejos, porque de consejos tienen poco. Los consejos en el siglo XXI son excusas. Excusas para enmascarar dichos pensamientos y opiniones, para manipular a los demás en nuestro beneficio dentro de esa susodicha carrera en la que queremos quedar primeros.

Carrera en la que en vez de números llevamos etiquetas, unas nos encumbran al éxito, otras nos destrozan la vida. Lo más triste es que dichas etiquetas no solemos elegirlas nosotros, por eso esta competición se perpetuará siempre, pues seguiremos corriéndola, poniendo zancadillas a los demás, mientras sigamos intentando quitarnos la etiqueta que otro nos puso en su intento por sentirse poderoso.

A ese que me puso la etiqueta le digo: lo siento, pero nunca sabrás realmente lo que es el poder, porque no se siente uno más poderoso que cuando se aparta de la marabunta de corredores y se siente LIBRE. Libre para vivir consigo mismo ignorando sus etiquetas, libre para dejar de luchar por los superficiales estatus sociales que éstas implican, libre para dejar de engordar su egocentrismo y ayudar a su mejor amigo sacándolo de la carrera con un empujón. LIBRE para dejar de correr y comenzar a caminar... yo ahora puedo hacerlo; TÚ NUNCA PODRÁS.

"Y por pensar tengo un millón de cicatrices"

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En ''Un millón de cicatrices'' el grupo de Dani Martín encuentra el climax de las canciones dirigidas a neuróticos (que somos más de los que se cree). Y no, no estamos locos que diría Ketama, simplemente tendemos a darle más vueltas a la cabeza de lo que sería conveniente. Tanto, que cuanto más pensamos en algo nocivo más daño nos provoca sin posibilidad alguna de encontrarle solución.

Con el tiempo, como nos dice este tema, uno aprende a dejar de recrearse en su lodazal de malos recuerdos y problemas magnificados, aprendiendo a concederle a todo la importancia que realmente tiene y no dándole excesivas vueltas a aquellos problemas que, en gran medida no dependen de nosotros y que, de hecho, no vamos a poder resolver simplemente con el hecho de dejarnos arrastrar mentalmente por el bucle depresivo hacia el que a menudo éstos nos inducen.


Hoy vuelvo a encontrar mi corazón
que lo tenia escondido dentro de un cajón
cerca del afecto y del manual de cómo hacerme un hombre
y lo pasé tan mal mirando alrededor
estando tan perdido falto de ilusion
cerca del preligro, sin equlilibrio y perdiendo el norte

Y hoy me pregunto porqué?
me quise tan poco, y me encerré
dando vueltas y vueltas a algo que yo creé!!

Y por pensar tengo un millón de cicatrices
soy un escudo, soy hipersensible una barrera al corazón
y no me gusta haber estado así de triste
por paranoias yo me hice esas heridas en mi interior

Que gran liberacion que siento hoy
al recorrer poquito a poco el corazón
que está mas fuerte sabe que quiere y ya no se esconde

Que grande es vereme hoy sin lo anterior
sientiéndome tranquilo siendo lo que soy
inofensivo, sereno, amable y cariñoso

Y hoy me pregunto porqué?
me quise tan poco y me encerré
dando vueltas y vueltas a algo que yo creé

Y por pensar tengo un millón de cicatrices
soy un escudo, soy hipersensible una barrera al corazón
y no me gusta haber estado así de triste
por paranoias yo me hice esas heridas en mi interior

Empatía silenciosa

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Cuando uno acude a una sala de cine lo suele hacer por dos motivos. En primer lugar para divertirse (optando prioritariamente por comedias insulsas y películas de acción repletas de efectos especiales) y en segunda instancia para imbuirse en historias de corte dramático o reflexivo con las que solemos sentimos plenamente identificados.

Y es que el cine es el mejor terapeuta con el que os podáis topar (y el más barato) porque, de alguna manera, cada cinta visionada deja mella en nosotros alegrándonos el día con risas adicionales o ayudándonos a superar difíciles situaciones personales por empatía con el personaje de la película en cuestión, que a menudo pasa por trances similares a los nuestros.

Como opinión personal, creo que el cine está muy infravalorado y que quiénes lo consideran un mero pasatiempo prescindible no son sino aquellos que no están dispuestos a ir más allá de esas citadas películas superficialmente cómicas o concatenadoras de explosiones. Películas que, aún así, como digo, aportan algo a sus espectadores por mucho que éstos no sepan verlo.

Yo, por mi parte, suelo decantarme por esas otras películas intimistas que supriman la pasividad del espectador, que le hagan pensar, que abran en él un debate interno de consecuencias impredecibles. Estas elecciones me han hecho vivir a lo largo de los últimos años algunas de las mejores experiencias que recuerdo.

Películas como Babel nos eneseñan así que por encima de nuestras diferencias étnicas o culturales, los seres humanos, como personas, compartimos algo que transciende a todas ellas.





Revolutionary Road
se convierte en todo un dictado contra el conformismo y el arrepentimiento posteriormente derivado de éste. Un rechazo a normas sociales preestablecidas que conviertan nuestra vida en una cárcel basada en el qué dirán y que nosotros mismos llegamos a considerar placentera creyéndola ser la felicidad a pesar de encontrarnos lo más lejos posible de ella.





Mi vida sin mí
, consigue livianizar un cáncer galopante gracias a las vivencias de su protagonista, que encuentra en las pequeñas cosas felicidad y aceptación.





En Mi nombre es Harvey Milk se nos vuelve a dar ejemplo de como un hombre normal y corriente puede llegar a cambiar el mundo. ¿Podríamos nosotros llegar a ser uno de ellos? Podríamos. Milk pasó de ser nadie a conseguir que se reconociesen los derechos de millones de homosexuales.





Descubriendo a Forrester
. Un canto al mundo que se esconde tras cada persona que nos alienta a descubrir cuantos más mundos posibles y nos enseña como ésto termina cambiando el nuestro.






Hasta Escondidos en Brujas, un thriller con tintes de comedia negra, nos muestra la relatividad de blancos y negros. Lo que para unos es bueno a otros les repugna sin que ninguno de los dos tenga porqué estar equivocado.





Y así podría seguir con un número idecente de películas que de alguna manera me cambiaron en la silenciosa empatía de la butaca de cine.

"No me preguntaba qué había por perder''

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Un poco anexionada a la entrada del pasado viernes, Alex Ubago viene a divagar en esta canción (Ámsterdam) sobre la importancia de dejar en un segundo plano al pasado y con él nuestras convenciones preestablecidas.

De lanzarnos a la piscina ante situaciones imprevisibles que jamás abrazaríamos en circunstancias normales ya que es en éstas donde encontramos esos momentos mágicos a la par que fugaces que nos devuelven el optimismo y a menudo nos hacen cambiar de perspectiva.

Aceptar la invitación de una amiga para ir a la playa con desconocidos que terminan siendo grandes amigos, ayudar a esa señora mayor del supermercado y sentirnos útilmente gratificados e incluso pasear por una callejuela que nunca hemos transitado y encontrarnos como quien no quiere la cosa con un viejo amigo... Ya sabéis, la clave está, como dice la canción en dejar el pasado en un cuarto de hotel, sin preguntarse qué se puede perder...



Son las diez en Ámsterdam central
Veo la bruma que se va
Todo parece derivar
como en un sueño

Algo nuevo llegara
No me preocupa y es mejor tal vez
Lo dejare para después
Que vuele el tiempo

Porque hoy no quiero volver
Dejé el pasado en un cuarto de hotel
Me fui sin saber
No me preguntaba que había por perder
Por una vez

Dibuje mi suerte en un papel
Y lo olvide en algun café
Todo podía suceder
Fue tan perfecto

Abracé el momento sin dudar
Y aunque el tiempo fue fugaz
Parecía no pasar

Porque hoy me siento bien
No pienso nada pero ya sé que hacer
Quizás esta vez pueda encontrar lo que había perdido

Porque hoy no quiero volver
Dejé el pasado en un cuarto de hotel
Me fui sin saber
No me preguntaba que había por perder

Porque hoy no quiero volver
Dejé el pasado en un cuarto de hotel
Me fui sin saber
No me preguntaba que había por perder
Por una vez

No me preguntaba que había por perder
Por una vez

No me preguntaba que había por perder
Por una vez